martes, 7 de junio de 2011

Nuestra conciencia...


No voy a negar esa moralidad judeo-cristiana con la que fuimos amamantados y que nos conduce al irremediable sentimiento de culpa-pecado por el placer, esa que nos niega nuestro presente carnívoro y mortal y nos ofrece una recompensa de santidad convenientemente eterna.

No, imposible negarla... De hecho, hace unos días fui invitado a una boda en la que el sacerdote pedía a los fieles responder "dichosos los que temen al señor" y pensé que en esa frase se resume, de manera magistral, la idea perversa de vivir con miedo y ser feliz de tenerlo: miedo al placer, miedo al amor, miedo a la libertad, miedo a decir, miedo a confesarte....

Y claro, en ese momento me di cuenta que equivocadamente tuve miedo de mis amantes... mientras más intenso era el placer que sentía con ellas, más fuerte era el temor que me provocaban. Si bien han sido pocas, cada una de ellas me ha dejado una marca, un recuerdo, un olor, una forma, cada una en su estilo, irrepetible... En sus brazos era feliz, saboreaba cada milímetro de piel, cada palabra, jugaba con el destino y me las jugaba entero, sentía el peligro que acechaba y me encogía de hombros como un niño malcriado que se sabe haciendo una travesura.

Allí estaban ellas (cada una en su tiempo), como la Venus de Boticelli saliendo incitante y poderosa con su cabellera larga, sus senos de flor y sus curvas eternas, allí estaban sus gemidos estruendosos, o sus labios apretados, o sus nalgas alimento de mis ojos y de mis manos. Era como empezar de nuevo, como descubrir, como reinventar en el camino de regreso a casa... Como dijo Woody Allen "el amor es la respuesta, pero mientras usted lo espera, el sexo le plantea unas cuantas preguntas".

Hasta ahora ustedes habrán remarcado que les hablo de mi infidelidad conyugal, de la doble vida, de las hermanas de saliva de la mujer con la que fuimos al altar... Pues bien, a diferencia de lo que muchas de ustedes piensan, los hombres sufrimos también de remordimientos de consciencia, nuestro Pepe Grillo también nos persigue y como en el cuento, a pesar de que le matamos a zapatazos enredados en los senos turgentes o en los brazos de otra, a la mañana siguiente vuelve a gozar de salud para recordarnos nuestros pecados... y nuestros miedos....

Pierce.....





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Sole

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